18/11/2009

Hemos


Hemos caído
sin manos , sin besos,
en la aterida cara oculta de la mirada,
con la razón enajenada,
con el blanco
y dudoso horizonte,
sin silenciar
y una arruga en la sangre que infinita,
nos humilla y nos acoge.


Hemos atado
albas, sabanas, preludios
rosas que gimen en sus nidos,
para germinar abrazos,
en la luz abrumadora,
entre los dedos horizontales
que acusan, protestan
y se adueñan de lo inconcebible
para renacernos en espuma.





Hemos…
plurales construidos
en la verja límpida del día a día
solo por laborar a cuatro manos
y dos atisbos.

Hemos…

17/11/2009

Andando

Si andando una mañana por la vereda que conduce al ir y venir de la memoria, del recuerdo, encuentras una sombra con dedos y labios, no le digas de mis letras, no le hables de mis silencios.


Si mientras retuerces el pasado arisco de un ayer que cayó en desgracia, encuentras una horquilla de alma dislocada, de almanaque de pozo y negrura, no mires a los ojos de quien te pregunte y continua el camino que se desliza entre castaños y abedules.



No preguntes, no te detengas, no mires atrás, allí de dónde vienes viviendo sin humo y sin pincel y abraza la tersura del viento que, va y viene, buscando un lugar en donde implantar su vecindad amortiguada.

Quédate parado en el filo de ese tiempo, que solo los que ya bebieron del barranco desolador de la victoria, conocen como suyo, y del que, solo el sonido de sus timbales inmunes a la luz y al soplo, ponen abundancia de deseo y mechero, lumbre y asilo.



Si andando una mañana, retuerces el pasado arisco, no preguntes, no mires a los ojos, quédate parado y escucha lo que tendrán que decirte tus entrañas sierpes.


Publicado por Luis

12/11/2009

¿Qué pasa si olvidas la noche?

¿Qué pasa si olvidas la noche?
¿Qué sucede cuando no respiras trece veces por segundo?



¿Acaso todo puede ser una ilusión?
¿Cabe pensar que nada está ocurriendo nunca?
¿Son el vacío y el silencio, la única superficie sobre la que reflejar nuestras sombras?
Y nuestras sombras, ¿son notas de un lejano piano atado a una balsa a la deriva?



Creemos mirar y tal vez tan solo lanzamos flechas, lanzas, cuchillos afilados, con la intención de atesorar el fluir inestable de los días… y de este modo, asestar un mazazo sobre la duda que nos trepana el cerebro, con nuestro nombre.



¿Qué ocurre ante lo que asoma acerbo?
¿Cuál es la mies para abrazar?



Tanto pregunta, tanto pánico.
Permanecemos para dar cobijo a todo aquello que hemos inventado.
Todo aquello de lo que no sabemos desprendernos.



Y así…cuando por fin se llevó el veneno a los labios ya estaba muerto.



Publicado por Luis

11/11/2009

Perdida


Se rompe el filo del espejo cuando te asomas desde el otero de unos ojos, que de viejos, han olvidado el amanecer de los días.
Se hacen espuma las lagrimas de espera que arrasan los ríos del sentimiento que anoche, dejaste tendido a la luz de la luna, a la espera de un fogoso despertar.



Gritas y te desvaneces en el interior de un abrazo, de unas caricias, que se enfriaron por falta de un abrigo de cañas y juncos.
Gesticulas en el abismo del enfrentamiento con la definitiva despedida, mientras calzas de rapsodias tus pies, a la espera del definitivo campo de naranjas.

Atravesado el instinto por unos dedos que voltean y trajinan, abarcas la densa soledad con un grito final de alejamiento.



Y rompes el confín con el hediondo halito de tu ausencia definitiva.





Publicado por Luis

08/11/2009

Un misterio

No parecía que aquella travesura del hijo de la tía Crepona, fuese a pesar por mucho tiempo en la memoria de los habitantes de Fasgar, un pueblo instalado al final del Valle del Gordo, allá por la comarca de Omaña, en el que, Julia Álvarez, viuda y con un hijo que atendía al nombre de Fabio, vivían repartiendo su tiempo entre el ganado y la huerta, ella, y la escuela y los juegos, él.

Después de todo, no había tenido tanta trascendencia como para pasar a los anales de la historia de aquel rincón, de aquel pequeño pedazo de tierra olvidada de todos.







Lo que se dijo durante aquel día y los que siguieron, todo hacía referencia al carácter del pequeño, a su manera de ser, a como pisaba en la linde de la linde.

En el alma de los habitantes de aquel retiro, aun perduraba el aislamiento secular que desde siempre había dibujado aquel paisaje. Quizás por esa circunstancia los vecinos de Julia, incluso ella misma, se hallaban tan inmersos en las supersticiones, en cavilaciones de locos. 
Inquieto, malo, un crio sin temor de Dios, un poco travieso, sin obediencia ninguna a nadie, un rabo de lagartija, hecho de la piel del diablo.


Todo esto se dijo del pequeño en los corros que se formaron en la cantina, en la puerta de la iglesia, en la plaza de abastos. Las vecinas del pueblo se contaban en la fuente, lo que habían escuchado en el mercadillo matinal y cada una de ellas, iba sumando algún que otro detalle de invención personal, hasta dar vida a una historia que limitaba con el esperpento.
Así , la historia de aquella correría, de aquel incidente, fue pasando de boca en boca hasta que, de golpe, la noticia pareció tomar cuerpo y a precipitarse en un pozo oscuro, de tal modo que el pueblo todo, quedó en un silencio de muertos.
Había en aquel asunto una pizca de misterio.
Muchas preguntas sin respuesta.
En la memoria de los habitantes de Fargas, volvieron a aparecer, entre las nubes del recuerdo, las viejas leyendas de Santiago Martín luchando contra los moros. Se despertaron aquellas historias que hablaban de lingotes de oro escondidos en marmitas, en las casas y sobre todo en las Lagunas de Arcos de Agua.
¿Cómo era posible que con tan corta edad, el hijo de la tía Crepona alcanzara el tejado del palomar desde el interior de este, sin asustar a las palomas y por tanto, sin que ni una de ellas abandonara su nido, sin que escaparan volando por el ventanuco del tejado?
Las aves ya se sabe, son muy asustadizas y en cuanto se abre la puerta del palomar, con el rascar de esta sobre los escrementos depositados en el suelo, salen volando con un estrepito que asusta.


En los ojos y en el corazón de los lugareños comenzó a trenzarse el miedo. Y a un paso del miedo, esta la necesidad de dar explicación a cualquier suceso. De ahí a la superstición, al milagro, al refugio de lo externo y desconocido, tan solo hay un soplo.
Así, mientras el pueblo se entretenía en estas disquisiciones y dudas, la tía Crepona y Fabio, su pequeño, permanecían en aquel recinto cuadrado en el que las despedidas eran actos graves. Ella, con un mar de lagrimas en los ojos, con una pena rota en la boca, sin manos que trenzar, y con la angustia de la soledad, que desde hacía tres días la fusilaba y la impedía moverse de aquella banqueta sobre la que se desgraciaba su peso.
Él, Fabio, escondo en aquel ataúd, con las manos en el pecho y su traje de fiestas vistiendo sus roturas.
El pueblo estaba entretenido, ya nada se podía hacer. Había que resolver un misterio.
Tal vez Santiago Martín había querido mostrar las alturas del palomar al hijo de Julia para mostrarle toda la extensión del valle de Aguasmestas.
Quizás algún diablo oscuro y denso como la noche, se había propuesto encaminar al chaval hacia el infierno y por esto, lo acogió entre sus alas de ángel negro y lo elevó hasta que lo dejo caer para así, rescatar su alma y apoderarse de ella para siempre.


Acaso…


Al cabo de cuatro días, la tía Crepona, arañó el suelo, allí, en el rincón más alejado del rio, donde los juncos ocultaban las malas sombras. Cuando hubo escarbado una pequeña profundidad, enterró a Fabio que con tan solo siete años y sin saber cómo, había alcanzado el tejado del palomar de Fargas, aquel diminuto pueblo de la provincia de León, que desde hacía siglos parecía que no respirara, inmerso en la resolución del misterio. Un misterio que no moriría con la siega, ni con los nuevos surcos, ni con la sementera.
Que no moriría jamás porque el aislamiento tenía cerradas las ventanas que miran a la sierra, a la libertad que da acceso al mundo del prójimo.







Publicado por Luis