
El viento, enseña sus manos blancas y deja elevarse un recreo de mariposas ávidas de una libertad de besos y caricias. Se remontan hasta posarse en tus labios ofreciéndose en sacrificio ante los míos, que cabalgan en una memoria de deseos y días de batalla para alcanzar el lado oscuro de tu prisa.
Recorre el agua nuestro atardecer del lunes, se detiene sosegada y amanece un martes de plaza descarada, de soportal insolente, de juglar descubierto en el amor, y aturdido de besos por el norte de mi esencia, por los alumbres que limpian lo turbio de tus ojos, vuelvo al hayedo de tu intuición y te alzo en tormenta y barranco.
Rompe la madera el viaje al infinito por quedarse asomada a tu mirada de ofensa sagaz, y por asistir al aliento del mar que quema y se rompe en lo blanco de tus pechos, renunciando a las siluetas posibles entre las manos del hombre que amasa tu piel de confín con el límite de la propia, se modela y contorsiona hasta convertirse en diosa de entrega insoslayable, en nueva madera de futuro.
Y así, con el nudo que nos acerca y nos distancia, vamos dejando que la mañana pase sin nombre, sin fecha, sin tiempo y escondiendo en nuestros ojos aquella primera mirada que vio el mundo por vez primera.










